La máscara de Colombia

“El fútbol es un bello deporte, un poema de mil curvas que aviva muchas pasiones igual de peligrosas que una dictadura, porque es la muestra clara de que somos vulnerables, de que somos víctimas y victimarios de nosotros mismos, pero hoy no hay pasión que enmascare la realidad”.

“El fútbol es el opio del pueblo y para el pueblo”, es una frase que deconstruía Dilson Diaz citando a Karl Marx, que, a su vez, era citado por el italiano Monseñor Giordano cuando en 1997 dacia: “Hay que lograr que el fútbol no siga siendo el opio de los pueblos, que desvía a la gente de sus problemas reales”, afirmó en aquel entonces el cardenal parafraseando a Karl Marx, quien también afirmó alguna vez que la religión es el opio del pueblo. Dilson Díaz, en los años 90s, después de que asesinaran a Andrés Escobar por aquel autogol que cometía erróneamente tratando de defender la portería de Óscar Córdoba en un partido de la Selección Colombia y Estados Unidos, ponía en síntesis la ambigüedad del futbol en basada en la naturaleza pasional e irracional del ser humano. Resulta irónico que siendo un deporte que produce tanta alegría en masa, tenga también desenlaces tan trágicos, monstruosos, dañinos, irresponsables, dementes.

En Colombia el humor se ha convertido en el mecanismo de defensa por excelencia dados los contextos de violencia que allí se manifiesta desde hace varias décadas y siglos. Es normal que en el pasado se optara por encender el televisor para ver algún programa de humor, o ver un partido de futbol donde descargar todas las frustraciones y demás emociones colectivas y personales, producidas por razones en el fondo iguales. En la actualidad, en cambio, es normal que las personas se refugien en los memes que simulan la estupidez de quienes gobiernan el país para “sacarle un lado positivo a la cruda realidad“, pero hace poco, las cosas han venido cambiando para las nuevas generaciones; ya que, notaron que el humor se había convertido en una forma inactiva de resistir la miseria, la desigualdad y la violencia a la que han sido expuestos la mayoría de los colombianos por tantos años. Ahora parece que el panorama no presenta espacios para el humor acostumbrado en los hogares colombianos: ya no hay temor a expresar un descontento, no hay nada que perder porque la población siente que dentro de todo eso que les han quitado, también se encuentra el miedo.

Colombia como Estado, como función política, gubernamental, se mete en problemas muchas veces a raíz de sus anteriores errores; da la impresión de que necesitan crear una grieta, un agujero cada vez más grande para tapar el anterior, para distraer y luego prometer una reparación y así acotarse heroísmo nacido de un caos general que ellos mismos proponen en su incompetencia política al servicio de sectores privados y no en función de la población que egoístamente dicen representar.

En este momento en Colombia se presentan las siguientes cifras de incidentes:

  • 365 víctimas de violencia física.
  • 39 homicidios presuntamente cometidos por la fuerza pública.
  • 1055 detenciones arbitrarias contra manifestantes.
  • 442 intervenciones violentas en el marco de las protestas pacíficas.
  • 30 víctimas de agresiones oculares.
  • 133 casos de disparos con arma de fuego.
  • 16 víctimas de violencia sexual.
  • 3 Víctimas de violencia basada en género.
  • Más de 100 desaparecidos de 980 reportes.

Según TEMBLORES ONG, “A las anteriores cifras se le suman prácticas como la presencia de agentes vestidos de civil dentro de las manifestaciones ataques con arma de fuego por parte de grupos armados al margen de la ley uso de las instalaciones del sistema de transporte público donde no hay presencia del ministro público del ministerio público para retener manifestantes entre otras”.

No cabe duda que por estas situaciones de perturbación intencional del orden por parte de la fuerza pública en confabulación con los intereses cooptados del gobierno colombiano, los jóvenes de Barranquilla y Cali, se manifestaron con horas de anticipación frente al estadio de futbol ROMELIO MARTINEZ, gritando el lema “SIN PAZ, NO HAY FUTBOL”. Petición que no fue escuchada, ni aceptada por parte del gobierno, Jaime Pumarejo y  Conmebol, a quienes al parecer únicamente les importa es que ruede la pelota de la indiferencia.

“Ayer fue la prensa deportiva de Argentina, hoy la de Brasil; dos días contándole al mundo lo que ha ocurrido en Barranquilla con la Copa Libertadores”, dijo Félix De Bedout en un tuit. La realidad de Colombia desborda los tentáculos del gobierno que se exceden más allá de legalidad, permitiendo que la confrontación por ocultar un acontecimiento histórico e inhumano, por parte de ellos, sea el primer síntoma de un protagonismo psicológicamente enfermo, mientras reclama un ejemplo de orden que no proporciona, culpando de algo inexistente a la sociedad pacifica que protesta. “La historia se repite como aquel 1985 en la toma del palacio de justicia, cuando la entonces ministra de comunicación, Noemí Sanín, ordenó que se trasmitiera en la radio el clásico de ese entonces: Millonarios VS Unión Magdalena”.

El pasado miércoles 12 de Mayo de 2021, se disponía a iniciar el partido entre Junior y River Plate de Argentina con un previo minuto de silencio por las victimas mortales del Covid-19. Con lo que no contaban era con que el silencio que proporcionan los estadios de futbol vacíos haría el contraste vergonzoso de las explosiones que originaban las confrontaciones afuera, donde se disputaba, de manera sobria e igual de pasional que el futbol, una posición ética y de respeto por los abusos del gobierno mediante la fuerza publica. Ahora lo que se va a recordar en todo el mundo es la máscara de Colombia. No se Irrumpe el silencio porque nunca existió: explotan las armas de una dictadura, como un GRITO, como un error cargado de ironía que delata al verdugo; como una señal de auxilio en representación de todas las víctimas del Estado. Los jugadores argentinos y nacionales se notaban desubicados, impresionados por los estruendos alrededor del estadio ROMELIO MARTINEZ. ¿Qué pasa? Si el gobierno colombiano, en vez de desacertar con mas frecuencia, hubiera creado un plan de logística mas humana, mas ejemplar, mas digna, ampliando clínicas y posteriormente comprando las vacunas para la población, esas personas que protestaban a las afueras de los estadios hubieran podido estar allí adentro, viendo un partido de futbol, y los oficiales hubieran podido estar en las líneas de las gradas, comportándose entre todos como gente civilizada. Pero, parecía, en cambio, una escena de los años 90s, de cuando Colombia fue campeón de copa américa aquella vez que Argentina no quiso participar del torneo por las mismas condiciones de violencia que se viven ahora y que no se pueden ocultar ante un mundo globalizado. En un tuit, Iván Mejía Álvarez dijo: “El tema se sencillo: si Ramón Jesurum se deja quitar la Copa América, Duque le echa encima a la fiscalía. No olviden el tema de la reventa que está tan calladito”. En palabras de Carlos Cortez: “se refiere al presidente de la federación colombiana de fútbol Ramón Jesurum, al presidente Iván Duque y el escándalo de la reventa de las boletas del mundial anterior que ya mereció una sanción de la superintendencia de industria y comercio pero que todavía no avanza en la fiscalía”.

En el fútbol, a veces no se respeta el Fair Play, así como en la vida. “Amar es más difícil que matar”, o, deberíamos decir, “proteger y escuchar es más difícil que matar”. ¿A caso no se dan cuenta que todos están rotos por el mismo juego? El pueblo colombiano necesita solidaridad y requiere ser escuchado, dignificado, lo único que puede hace el gobierno  para demostrar deseo de orden y civilización, en vez de planear los contextos de la violencia para infiltrar oficiales de la fuerza pública y paramilitares al margen de la ley con la intención de deslegitimar una manifestación nacional de carácter pacífico, donde ellos, el gobierno, se insinúan poseedores de una moral con valores superiores que no tienen, que no existe en sus acciones, en su silencio, en sus intereses. ¿Quién puede ser indiferente ante semejante estallido? Las bombas al explotar denotan miedo, son débiles sus comandantes y quienes presiden el país; puesto que imponen el horror para sentirse seguros. Son hijos del desastre, confundiendo a quienes se acostumbraron hasta hoy a recibir promesas sin resultado alguno. “Si ellos son los perpetradores de la confusión, nosotros seremos los hijos de las nuevas ideas“.

Alexa Palkov.

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